Los muertos

 

 

Qué denostadas están las historias de guerra. Para algunos, la Guerra Civil, la nuestra, la de siempre, irradia un tufo rancio donde anidan las polillas. Se resisten a recordar esa época como al que le dan pereza los muebles de la abuela. Les suena a caduco, a desacompasado.

Yo soy una persona de obsesiones. De hecho, me fascina la gente muerta. Tiene cierto morbo recomponer los restos de una historia que ya sucedió. Es como pegar los trozos de un jarrón del que nadie te asegura que encuentres todas las piezas. Pues la aventura está, precisamente, en la búsqueda.

De Miguel y su poesía supe hace ya muchísimo tiempo. Aunque, irónicamente, siento que todo lo suyo hubiera ocurrido ayer. Su biografía me parece tan vívida, sus fotografías tan cercanas, que me resisto a creer que sucediera hace más de 70 años.

Los muertos vuelven a cobrar vida cuando visitamos sus escenarios, como si hubieran dejado allí un rastro real de ectoplasma. Se percibe la fuerza de Miguel, que irradia todo lo que le queda por decir. Se le escucha en su higuera de Orihuela, en el río Jarama donde fue detenido por escribir versos o en la cárcel de Conde de Toreno. Lugares que siguen existiendo, que claman en voz baja por su muerto, que no han hecho más que entrecruzarse con otras vidas que no conocen nada de lo anterior.
Al igual que en el Foro de Roma —un lugar que alguien con nombre, apellidos y gente que le quiso, colocó en esa explanada hace más de 2000 años—, necesito pasar la mano por la puerta de la casa de Miguel. Acariciar ese pedazo de madera que abrió y cerró tantas veces. Imaginarme al hombre en su proceso cotidiano, vacío de significado. Me hace pensar en todo lo que fue, lo que es y lo que queda de cualquier persona. En la condena del olvido.
Cuando somos pequeños nos presentan a los escritores desde la frialdad de unas líneas de biografía. Un escaparate del que sólo nos exigen memorizar una serie de datos. Cuánto bien haría para cada estudiante conocerlos de otra manera. Entender lo que sentían, lo que les obsesionaba, sus aciertos y sus desdichas. Ponernos en su piel para sentirlos como personas que pensaban, que respiraban. Que amaron y sufrieron. En definitiva: gente real.

Si uno entiende al ser humano, se vincula con su causa. No ve la Guerra Civil como algo pasado y caduco, algo que acaba asociado a un frío listado de fechas. Y entonces puede comprender la rabia. Y la impotencia. Entendería el idealismo de tanta gente que murió abrazada a una causa, que lo hizo por todos los que llegábamos detrás. Se daría cuenta de lo desagradecidos que somos como generación. En épocas tan críticas, la belleza del ser humano aflora. La compasión se polariza, aunque también, por desgracia, lo hace el horror.
Entiendo a Josefina enamorada de Miguel, de aquel chico inteligente, soñador, altruista. Aquel que iba y venía de Madrid y que ella podía disfrutar de manera intermitente. Puedo imaginar los anhelos nocturnos, acostada en su cama, recreando el próximo reencuentro. Perfilarle mentalmente con su maleta ajada bajando del tren. Añorando una felicidad que acotaba con límites: “Cuando la guerra se acabe, cuando todo esto pase…”.
Qué triste es saber que el tiempo de Miguel no fue suficiente. Que la desgracia estaría presente hasta en sus últimas palabras. Aquellas que pronunció, muriéndose de ahogo y de pena mientras agonizaba en la cárcel de Alicante.

Si alguien llegara del futuro y nos anunciara nuestras desdichas, tal vez no tendríamos el coraje de soportarlas. Es la premura y la inmediatez lo que nos hace afrontarlas sin remedio.
Josefina, ya viuda, tuvo que encerrarse en casa con el silencio y su hijo huérfano. Condenarse por sí misma al olvido. Actuar como si el ardor que sintió un día, jamás hubiera existido. Por amor a unos. Por el odio de otros. Temiendo a personas que, a su vez, temían a las demás. Y entre temores y odios, dale, que dale, dale.
De veras creo comprender a Josefina. Desde lo cotidiano, sé que la entiendo. Repaso las fotos de Miguel, y detecto un rostro contemporáneo a cualquiera de los chicos de mi generación. Un joven menudo, de ojos azules (o tal vez verdes).
La obsesión aflora, pues el tono del iris no se distingue en el blanco y negro. Y me pregunto: “¿Quedará alguien vivo al que preguntarle de qué color eran los ojos de Miguel?”. Deseo que esa persona, antes de morir, se lo cuente a alguien.
Sí, me obsesionan los muertos. En todos y cada uno de sus detalles.
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Un comentario en “Los muertos

  1. Luz dijo:

    Los muertos estan ahí, son la luz de la un día se nos hizo la sombra y de la sombra de ellos vivimos unos cuántos. Hay personas a las q les da miedo recordar de donde venimos, que hubiéramos sido sin ellos, sin sus ideas, sin su vida. Besos guapa

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