Ana_Campoy_Shyamalan_Multiple

De lo mío con Shyamalan

Recuerdo aquella noche en la que vi por primera vez El sexto sentido. Fue en el Palacio de la Música de la Gran Vía, hace ya bastante tiempo, cuando los cines eran templos y no tiendas de ropa. Lo recuerdo porque fue una de las pocas ocasiones en las que no tenía ni idea de lo que iba a ver. Me apunté en el último momento, sumándome a mis compañeros de clase de la facultad y, como un cordero antes de la matanza, no sabía que estaba a punto de subir a un carrusel.

Yo había llorado de risa en el cine. También de pena. Pero jamás de miedo. Me es difícil recordar un terror más vívido que el de presenciar cómo a Haley Joel Osment un fantasma le arrebataba la sábana. Dejándole a él, a mí y a mis compañeros a merced de los muertos. La impresión fue tal, que cuando cogí el coche de mi madre y me adentré en la nocturnidad del extrarradio de Madrid, no me atreví a mirar ni una sola vez por el espejo retrovisor. Sabía que como echara un vistazo y me topara con una sombra indebida, el tortazo sería tal que ahora no estaría contando mi vida y gloria por estos lares.

Generalmente desconozco cuándo un director y yo estamos hechos el uno para el otro. Va sucediéndonos poco a poco, a grandes rasgos, hasta que las primeras citas dan paso a una pasión absoluta. He defendido a Shyamalan a capa y espada. Desde Señales hasta El bosque. Como una fiel amante, le seguí hasta El incidente y más allá. Pero el caos llegó con Airbender y entonces, tanto él como yo, decidimos que nos tomábamos un descanso. Como Ross y Rachel. Fue genial para ambos. Una sabia decisión.

Night regresó con La visita y supe que podíamos replantearnos lo nuestro. Me topé con un Shyamalan renovado, que me recordaba lo que más me gustaba de él. Su sentido del humor, su olor a Spielberg y su devoción por Hitchcock. El de los primeros años. Aguardé expectante una confirmación de sus intenciones, pero de repente apareció con Múltiple y me puso el mundo del revés.

Hacía años que no tenía la sensación de peliculón. Obras de las que marcan, que hacen historia de la narrativa. Pues lo que Shyamalan ha hecho con esta cinta (a partir de aquí empiezan los SPOILERS) es un absoluto prodigio de la meta-narrativa. Nos ha engañado a todos. Nos vendió una película falsa como parte de la fiesta sorpresa. Como si te invitaran a una cena informal para después mostrarte a tus amigos vestidos de etiqueta. Shyamalan empieza su película con un homenaje a Hitchcock y termina convirtiéndola en un homenaje a sí mismo. No es hasta los últimos segundos de metraje cuando admiramos la dimensión de la historia que nos ha querido contar. Su encuadre. Y eso hay pocos directores que puedan conseguirlo. Hace falta un recorrido con poso y años de comer barro.

Sin embargo, Múltiple es todo eso y más. Para empezar, supone una carta de amor a Hitchcock. Una misiva completa. Desde el evidente simbolismo (los planos cenitales con mujer en brazos, las escaleras, el aspecto de la coprotagonista psicóloga…) pasando por el argumento de base en el que la psicosis del protagonista no revela una doble personalidad, sino de veinticuatro. Todo un reto. Shyamalan afronta su obra más madura con una sencillez apabullante y, al igual que el propio Hitchcock con Psicosis, asume el mando de la producción para no rendir cuentas a nadie. También hallamos el determinismo de siempre, tan presente en su obra, ése que nos dice que todo sucede por una razón y que tanto nos gusta jugar a encajar, pues somos muchos adeptos los que hemos hecho de él una forma de vida.

Pero, como decía, el homenaje también es propio. Shyamalan sigue jugando y no duda en dejarnos pistas: el empleo del protagonista, el tren que marca un antes y un después. Mucho antes de que esa escalofriante música del final suene y nos revele lo que está pasando, M. Night nos ha dejado un camino de migas de pan para seguir sus pasos. Como los novios detallistas. Esos que te dejan el anillo en la copa de champagne. La película es una gimkana para fans entregados que chillan y aplauden y vitorean cuando encuentran el Kinder sorpresa. Y Shyamalan es muy listo, porque sabe que se nos lleva de calle. Como productor que conoce a su séquito, es consciente de que le hemos asegurado un segundo visionado.

Pero hablaba de mis pasiones. De mi ardor desenfrenado y de todas las locuras que M. Night y yo compartimos. Hemos vivido muchas aventuras, algunas a pocos metros de distancia, pero puede que algún día, espero, podamos entrelazar nuestras manos. Charlar de Hitchcock, de composición, del barro y del destino inexorable. De veras que lo deseo. Porque sé que nuestra unión es ya para toda la vida. Ahora sé que lo nuestro es amor eterno.

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