Cambiar de vida


Cuando mi hermana anunció que cambiaba de vida, a todos nos pilló un poco por sorpresa. La gente suele ubicarte en una casilla concreta de la colmena, sobre todo al rozar los treinta. Por eso cuando mi hermana gritó que se ponía el mundo por montera y se marchaba a otra parte a hacer otra cosa, el universo se nos antojó un poco más caótico a todos los que la escuchamos. Cualquier cosa podía pasar. Desde que España ganara Eurovisión hasta que un día, y de repente, se nos muriese David Bowie.

Mientras mi hermana empaquetaba su tesón y se embarcaba hacia su nuevo porvenir, yo me quedé en casa dispuesta a escuchar sus aventuras. Siempre han sido un material excelente para mis novelas y, en este caso, no fue una excepción. Tras semanas de espera y escritura (tranquilos, ese proyecto dará para otro post) descubrí un libro infantil curiosísimo. Éste:


El cuento narra la historia de Tronquito: un tronco de árbol humanizado que da paseos campestres por puro placer.

Al igual que cualquier hipster rural, Tronquito recolecta objetos absurdos que otros han desechado. Después, se decide a catalogarlos y ordenarlos según sus propias preferencias (Tronquito ya me cayó simpático desde el principio, sobre todo por la originalidad de sus categorías, que iban desde hojas o cafeteras hasta “cosas chulas que curvan”). 



Según avanza el cuento, Tronquito decide que todos esos objetos pueden tener un uso más allá del originario: así que inaugura un museo, el “Museo de Tronquito”, que titula su cuento y en el que recibe a todo aquel que quiera visitarlo. Tras varias jornadas de ardua dedicación, Tronquito se da cuenta de que eso del museo es un latazo. Que al principio era divertido pero que, tras haberlo disfrutado, y mucho, echa de menos sus paseos bohemios por el campo. Y decide cerrarlo.

Sin traumas. Sin dolores de cabeza. Sin más. Ha llegado al final de una etapa y se dedica a hacer otra cosa. Porque sí. Porque le da la real gana.

Casi aplaudo al libro. Ante mí, y de la manera más simple, alguien acababa de dar con la piedra angular del asunto: que en la vida no pasa absolutamente nada por cambiar de opinión. “Estos son mis principios. Si no le gustan aquí tengo otros” que decía Groucho Marx.



El temor a ser juzgados muchas veces nos paraliza. No es lo mismo que “las circunstancias” empujen a alguien a un destino inesperado a que sea éste quien se convierta en kamikaze de su propio destino. La turba se le echa encima. Aunque la factura sea la misma, no se concibe igual.

Tronquito me pareció un tío muy valiente y su libro un regalo estupendo; el mejor modo de explicar a cualquiera que somos humanos con alma de gato. No importa gastar oportunidades porque tenemos de sobra. Siete, al menos.

Por eso, no lo dudé un instante y se lo regalé a mi hermana al cumplir los 30. Para que sepa que Tronquito también la entiende. Porque cada una de nuestras vidas tiene derecho a ser la verdadera.

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Un comentario en “Cambiar de vida

  1. Amanda Khôl dijo:

    El miedo es inevitable cuando sales de tu zona de confort. Pero sí que he notado que si sales a hacer lo que realmente te apasiona vas a poner toda la carne en el asador, no te va a importar patearte las calles buscándote la vida para sacar adelante tu proyecto. Y eso al final te hace grande

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