Los límites de la ficción

 
 
 
Me confieso una maniática del límite. Necesito controlarlo. Al comenzar un libro o al hojear una revista siempre tengo la obsesión de ir al final y comprobar cuántas páginas tiene. Lo mismo me ocurre al pulsar el PLAY ante un vídeo o una película. Conocer el tiempo de metraje me ayuda a relajarme en el asiento y disfrutarlo como una espectadora más.
Sé que es una necesidad muy mía esta de controlar las experiencias. ¿Una neurosis? No lo sé. Jamás se lo pregunté a ningún psicoanalista. Aunque Woody Allen no hace más que pagar divanes y tras ver sus últimas películas (no muy largas, todo sea dicho) me pregunto si de verdad le sirven para algo. Yo prefiero ir a lo práctico. Liberar mis chifladuras con manías soportables: no pedir tostadas si la mermelada no es de fresa, no escribir una línea si no dispongo de un mínimo de dos horas por delante y no comprar en Renfe sin haber revisado tres veces que la fecha y el destino son correctos.
Ser una maniática del control es similar a cuando te sale un grano: a veces molesta, pero no da demasiados problemas. Sólo incomoda de vez en cuando. Como esas ocasiones en las que compras una hora de masaje y lo pasas francamente mal sin un reloj que te chive cuánto tiempo de placer te queda. O cuando te invitan a un vino caro y eres incapaz de disfrutarlo mientras calculas cuánto cuesta la copa, el sorbo o la gota que cae de la botella.
Os parecerá divertido. Pero se vuelve un asco con las situaciones difíciles. Las verdaderamente cruentas. Te sientes como Sandra Bullock en mitad del espacio sin nada tangible a lo que agarrarte.
A los neuróticos nos resulta muy angustioso desconocer cuánto va a durar el tiempo de tortura. En las ocasiones terribles pagaríamos por una pitonisa de confianza. Llevo tiempo pensando en esto y en mi vinculación con la escritura. Porque está relacionado, os lo prometo. Tras unos cuantos años de auto-análisis sé que acotar las situaciones con límites nos ayuda a sentirnos confortados.
Pienso en ello durante estos días en los que me ocupo de mis nuevos personajes. Crear novelas es difícil, pero no tanto como encontrar un final digno para cada historia. A pesar de ello, creo que los escritores tenemos mucha suerte: jugamos con la realidad de otros y decidimos dónde detenerla. ¿Una prolongación de nuestras ansias del control? Probablemente.
A veces envidio a mis personajes. Qué suerte ser ellos y disponer de coto privado. Cerrar la contraportada de sus vidas sabiendo que no queda nada por resolver. Lo es así para la mayoría. Al menos de todos los míos, de los que yo he creado hasta ahora. Para bien o para mal, no quedan interrogantes en sus historias (Qué os pensáis. No soy una autora tan cruel).
El verdadero problema es cuando te encuentras a mitad de la composición y con los personajes suspendidos en el aire. Cuando no sabes qué va a ocurrir con sus destinos y llega la impaciencia. Te muerdes las uñas. Te arrancas el pelo. Te duchas con la crema suavizante en lugar de con el jabón.
Es un completo desatino. Arrasa con tus rutinas. Y reniegas al cielo por haberte otorgado este oficio contradictorio. Éste en el que se te exigen respuestas. Apenas eres capaz de mantener a raya tus propias manías y te cargan con la responsabilidad de velar por la vida de otros. Como si fueras capaz de aportarles soluciones. Como si se hubieran invertido los papeles y esta vez fueras tú el psicoanalista.
Pasas los días como un zombi en cuarentena hasta que entonces, de repente, se enciende la luz. Distingues la bombilla que habías estado buscando y regresas a la zona de confort. Todo cobra sentido. Y te da rabia por no haberlo palpado antes.
 
Te sientes una estúpida por la tardanza. Y piensas que si en la vida todo fuera tan fácil, abrirías una consulta en la que colocar un diván barato, de esos de IKEA. Que la literatura no da mucho dinero. Sólo bagaje y un campo de ensayo. Tu propia zona beta. Un mundo paralelo en el que resolver tus dilemas.
 
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