Un respeto



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Recuerdo que cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, tuvimos unos meses de discutir por cada tontería que se interpusiera entre nosotras. El ambiente era insoportable. La hermana pequeña se erizaba a cada detalle, reivindicando su hueco, mientras la mayor se imponía para no ceder su lugar en la jerarquía. Eso que sucede en las mejores familias. 

Hasta que, una mañana, mi madre se hartó. Y saturada de tanto chillido, tanta disputa y tanto caos, agarró la cabeza de cada una de nosotras y nos las juntó por la frente. Nos mantuvo así unos segundos, obligándonos a permanecer pegadas hasta que nos pidiéramos perdón.

Supongo que era un adelanto de los tiempos que nos tocaría vivir. Pues, tras la lección aprendida, he llegado a la conclusión de que muchos más padres deberían haber juntado las cabezas de sus hijos.

La bronca, los insultos y la falta de maneras se han instalado en el día a día con una sutileza que resulta alarmante. Es como si el mundo se hubiera convertido, de repente, en el Hill Valley alternativo de Biff Tannen.  Mantener el canal en la parrillas de la televisión es un acto de valentía. Al igual que atender a cualquier debate. Y no sólo en las ondas hertzianas. La cosa se ha vuelto tan común que ya apenas nos sorprenden los modos que se gastan en el Congreso, en las redes sociales o incluso en las cenas de Nochebuena.

¿Qué está pasando? Algo grave ha sucedido para que incluso pierdan las formas los que más deberían dar ejemplo de las mismas. Es como si el formato televisivo berlusconiano fuera un virus más potente que esos con los que se empeñan en asustarnos cada cierto tiempo por la tele. 

De veras me planteo que la educación de mis padres no fue la correcta. No son tiempos para el respeto. Observo a amigos que tienen hijos y que se confiesan incapaces de educar a niños respetuosos en un ambiente de la ley del que más grita.

Pienso que algo falla cuando todo esto ocurre. Procuro enfriar mis rabietas y hallar explicaciones. Pero cuando me entero del nuevo sainete protagonizado por los Ministerios de Hacienda y Cultura vuelvo a encabritarme.

Ahora resulta que, por un fallo administrativo, los Premios Nacionales de Cultura (entre los que está el Cervantes, no lo olvidemos) se encuentran suspendidos hasta nuevo aviso. Según el artículo, todo se debe a un bloqueo en la cuenta que ha de suministrar el dinero y, como era de esperar, los respectivos ministerios se echan la culpa uno al otro mientras el resto atendemos ojipláticos.

Tal vez este sea de los pocos espectáculos que aún nos queden, al paso que vamos. ¿Es esta la Marca Españaque debemos vender al mundo? ¿Un país en el que la reivindicación de su cultura importa tan poco que hasta acaba olvidándose? ¿Un lugar en el que el fomento de la lectura es algo tan anecdótico como alarmante?

Me hago estas preguntas y regreso a la imagen de mi madre, juntándonos las cabezas no por hartazgo, sino por indefensión: la de una madre que se negaba a admitir que nos perdiéramos el respeto a nosotras mismas.

Puede que todo sea cuestión de eso, de parar un momento. De análisis. De calma. De sosiego y de lecturas. Y puede, ingenua de mí, que esta sea la respuesta que iba yo buscando. La que me planteaba al inicio de mi texto. Tal vez sea una cuestión de cultura. Esa que tanto nos hace falta.


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