Sumas y restas

Lo de que la vida es coincidencia hace años que me parece un hecho consumado. Hay determinadas situaciones que se revelan como fruto del azar o, tal vez, del destino, y una no para de relacionar unos eventos con otros, como si la vida fuera el resultado de un plan maquiavélico.

Dicen que así, por mera casualidad, existimos los seres humanos. Y según las teorías de Stephen Hawking, formamos parte de un todo que podría resumirse en una ecuación simple. Elegante. Sin más.

No puedo evitar relacionar La teoría del todo, la película que narra la apasionante vida de Stephen Hawking, con otro de esos recientes films biográficos que hablan de personas talentosas: Big eyes, dedicada a la pintora Margaret Keane. Tanto Big eyes como la cinta de Hawking, se nos presentan casi a la vez en el tiempo. Puede que por simple azar. Sin embargo, tanta coincidencia no me deja indiferente.

Es un hecho casi asumido que lo de tener talento se las trae. Suele conllevar un sufrimiento parejo. El exceso de empatía o de inquietud choca frontalmente contra el mundo que rodea al genio y supone un drama vital perfecto para que Hollywood se cebe con él. Y ya si nos centramos en el cónyuge de cualquiera de estas mentes pensantes, el fango se nos sube hasta las orejas.

Muchos grandes cerebros han gozado de la suerte de tener a otra persona detrás. Alguien que les puliera el pedestal, les organizara la mesa y, de vez en cuando, también las ideas. Un hombro sobre el que apoyarse o, más bien, dejarse caer. El problema llega cuando el que actúa de bastón tiene que sacrificar sus propias aspiraciones en pos de una empresa más ambiciosa: la del que duerme a su lado.

A la señora Hawking todo se le mezcló, además, con la mala suerte. Stephen fue diagnosticado de ELA y el apoyo, además de anímico, se transformó en vital. Jane tuvo que dejar para más tarde su doctorado en literatura española (otra curiosa coincidencia), aunque hemos de agradecerle que lo finalizara y ahora conceda todas las entrevistas en español. Mientras era testigo de la degradación física de su esposo, se dedicó a alimentar la mente del genio sin ayuda de enfermeras. Durante el primer acto de su película, una empatiza tanto con ella y con la personalidad de su marido, que también se habría comprometido con fe ciega a esos dos años de cuidado y sacrificio. El problema es que Hawking se reveló como un milagro de Dios o de la ciencia (a saber) y la cosa se dilató hasta veinticinco. Es obvio que hay situaciones que no hay amor que las soporte. Por mucho que haya un genio implicado.

Con Margaret Keane la cosa fue, si cabe, aún más enrevesada. Resultaba que la artista era ella, y que el único talento de su marido consistía en la labia para la venta. Walter era un embaucador, un vendehumos de personalidad arrolladora. Y fue Margaret quien enseguida se vio arrollada por ese tren de temperamento. Y a falta de carácter, buenas son tortas. Literal.

Si enmarcamos todo esto en un mundo más proclive al logro masculino (no se engañen, no hemos avanzado mucho en esta materia), tuvieron que pasar algunos años hasta que la señora Keane sacara a la persona que llevaba dentro y demostrara ante un juez que la verdadera artista del matrimonio era ella. Casi pidiendo disculpas, como suele ser habitual en estos casos. Es más cercano de lo que se piensan. Ocurre en las mejores familias, no se crean.

Pero continuemos con la señora Keane. Es irónico que, aunque el asunto quedó bien zanjado, el ambicioso señor Keane continuó reclamando como propios, y hasta su muerte, los diversos logros de su ex pareja. Tal vez no quería analizar su propia inferioridad. O le venía mal apuntarse a clases de pintura. Puede que le jorobara no tener a quién dominar. Quién sabe. Qué más da.

Una acopia todos estos datos, los madura en su interior, y se pregunta si tantos desvelos merecen la pena. Si es justo que una obra próspera (ya sea artística o científica) conlleve una contrapartida con tanto sufrimiento, a gente padeciendo por el camino. Lo de “para presumir hay que sufrir”, que es un refrán muy cristiano. Un pequeño tropezón para un hombre (o para su esposa) permite un gran paso para la humanidad.

Tal vez no sea una cuestión de justicia. Puede que la respuesta esté en el balance. Si en el resultado predomina la suma o la resta: el caso de Margaret Keane acabó de la mejor de las maneras, con su talento reconocido y una película de Tim Burton todita para ella. Mientras que Jane Hawking pasó veinticinco años de su vida haciendo de secretaria, ama de casa y enfermera aunque, a buen seguro, transcurrieron trufados de momentos felices. Su relato cinematográfico también le hace justicia (tanto a ella como a su marido), pero quizá su resumen es bastante más agridulce. Sólo ella sabrá si todo le mereció la pena.

Si me dejaran hacer una sola pregunta en una hipotética rueda de prensa, estoy convencida de que esta sería mi elección: querría saber si los protagonistas habrían cambiado algo de su vida, si creen que su sufrimiento compensa. Ignoro lo que me contestarían. Qué difícil es esa respuesta.
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