Tú fuiste el primer Goonie

El cementerio de Montmartre madruga con una brisa engañosa. En septiembre el aire de París es frío, el sol calienta poco y los paseos se vuelven una locura ante la indecisión (tortura, a veces) de no saber qué hacer con la rebecaDeambulo entre las filas de lápidas, me cubro con mi chaquetita y sonrío al percibir la ironía:

“Rebeca”. Un sustantivo común del que pocos conocen su origen cinéfilo. Una muestra de la influencia que Hitchcock ha tenido, y sigue teniendo, en nuestras vidas. Todo gracias al maestro inglés y a su primera película rodada en América. 

Por culpa de una protagonista que jamás aparece en el film y por influencia de la moda de una época, las mujeres españolas llamamos “rebecas” a esas chaquetas de lana que se ajustan en el talle y que causaron furor en los cuarenta. No sabía Hitchcock que su poder se extendería allende los mares. Tal vez nunca supo de dicha influencia.

Vuelvo a mirar el mapa del cementerio. Sé que no me he perdido, pero necesito cerciorarme. La impaciencia me apremia. Camino un poco más y compruebo que la senda recorrida es la correcta. Una lápida negra. Sencilla. Sobria. A juego con ese blanco y negro nouvelle vague de belleza turbadora. Un lugar de curiosa peregrinación, sobre todo para alguien que no tiene enterrado allí a nadie cercano. O, al menos, eso cree todavía.

Hace ya algunos años que me hice esta promesa. Cuando estaba acabando la carrera, unos estudios que comencé gracias a mi amor al cine, pensé que la mejor manera de complementarlos era apuntarme a unas clases de guión de las que supe a través de un compañero. El profesor se trataba de un guionista ya mayor. Su trayectoria era notable y sus conocimientos, según mi amigo, bastante precisos, así que decidí probar con el curso, pues unas clases de narrativa y de confección de cine no le hacen mal a nadie.

No sabía yo, que mi trayectoria estaba virando hacia el lugar más insospechado. Pero quién iba a predecirlo. Aún no se había inventado el giratiempo.

Con las clases de Miguel me enamoré de una época dorada. Redescubrí a Welles y a Hitchcock desde la perspectiva del creador, del artesano del cine, y entré de lleno en el mundo de François Truffaut y de los Cahiers du Cinéma. De Truffaut yo sólo sabía que había co-protagonizado una de mis pelis favoritas. Pero pronto descubrí que Miguel y él se habían conocido, que habían intercambiado palabras y copas de vino en sus vivencias parisinas de juventud. A través de Miguel supe de los cuatrocientos golpes de François, que parecían mil. De su noche americana, de sus penurias y de sus excesos, pero también vislumbré su magia, aunque fuera a través del ojo de la cerradura, pues los recuerdos no son sino los ecos de una realidad ya caduca. 

Me bebí en vena el libro que Truffaut le dedicó a Hitchcock, esa entrevista intensa de maestro a maestro y cuyas primeras páginas servirían de inspiración para comenzar con las novelas de Alfred y Agatha.

Qué irónico que ahora me vea ante el mismo Truffaut y que la vida haya dado tantas vueltas. Tengo delante de mí (aunque sería más correcto decir “debajo”), al culpable de que Hitchcock se me apareciera. El responsable de su espectro, de esa musa que, una vez más allende los mares, me guió por un camino que fue una ruta en línea recta.

Invitaría a François a un buen Pinot Noir en la plaza de Émile Goudeau para darle las gracias. También le hablaría de mi siguiente novela. De mi camino recorrido, de su implicación en el mismo y de cómo le admiro por ser el nexo de unión entre todos los creadores que han guiado mi forma de mirar.

Lástima, François, que nos haya separado una generación y no hayamos podido hablar de nuestras cosas. Sé que habría sido una velada estupenda. Que habríamos cosechado buenos brindis bajo los emparrados de la Butte. Te habría contado que tú prendiste la mecha, que la antorcha ardió y que se ha convertido en una colección de libros que ilusionan a niños de las partes más diversas del mundo. Cada vez son más, y todo es gracias a tu osadía, gracias a esa ilusión por entrevistar a un maestro que me hizo a mí recrearlo cuando era pequeño.

Así que no me queda otra. Tú lo has querido. He tardado en venir a visitarte, pero no te enfades, que aquí tienes tu carnet de detective. Un pedazo de papel que ha condecorado a miles de lectores. Todos participan del mismo club de investigadores del que quiero que tú también formes parte. Serás su socio honorífico.

Aquí está. Aquí te lo dejo. Y ahora todo cobra sentido. Siento que cierro un círculo y que ahora puedo decir que tengo a alguien a quien visitar en Montmartre.

Ahora puedo afirmar que, al fin, somos amigos.
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