Las bodas de los gitanos (o Celsius 232)



Dícese de aquellas celebraciones tan intensas y tan extensas que suponen un completo ecosistema festivo. O dícese de aquellos eventos multitudinarios en los que se festeja sin parar de comer. Da igual la que elijan. Pueden optar por la que ustedes quieran, pues eso es el Celsius. Un evento que podría sobrevivir a la deriva, sin un contexto que sirviera de apoyo y explicara lo que realmente significa. Como la torre de marfil en mitad de La Nada. Como la botella del genio. Solo. Siempre adelante.

He necesitado unos cuantos días para asumir tanto estímulo. Me sucedía igual que a Yohana Cobo, esa actriz aparentemente adolescente (pues superaba ya los veinte) que hacía de hija de Penélope Cruz en Volver. Cuando Yohana llegó a Cannes y vio lo que se generaba alrededor de la película (la suya, la de Almodóvar, la del mundo) soltó una frase tan memorable como menuda era ella en aquella época: “Me faltan ojos para verlo todo”.
Cuánta sabiduría.

Más o menos esa sensación he tenido yo en este Celsius. Según ha afirmado todo el que ha escrito una línea al respecto, éste ha sido “el mejor de los tres”, y he de fiarme de ellos porque yo no viví la primera edición.

No me ha hecho falta. Nada más bajar del coche ya se aprecia que el Celsius no sólo es un festival de literatura. Más bien es como Disneylandia: un parque temático de ilusión y buenas esperanzas en el que no paras de cruzarte con tus héroes favoritos. Porque el suelo es democrático y en Avilés todos pisamos el mismo. Ya sea sentados en las terrazas, las que salpican esa Pasarela Cibeles que baja desde la carpa hacia el Ayuntamiento, o bien siendo tú la que desfilas y saludas con la mano a los que charlan animadamente por efecto de la sidra. Y ellos te miran. Y tú les miras. Y nos encontramos. Y pasamos a escucharnos. Porque si algo se aprende en el Celsius es lo importante de atender lo que el otro tiene que decir.

Sé que desde fuera todo parece exagerado. Parece que hubiéramos estado metidos en un Gran Hermano del Sci-Fi. Pero no exageran. Qué va. En absoluto. Este año la cosa se ha desbordado. El Celsius se ha salido de la gráfica. Cuando Jorge Iván me escribía o me llamaba durante los preparativos, no sabía yo que esto iba a significar tanta cosa.

Jorge Iván. El hombre con más amor por centímetro cúbico. Pues si el Big Bang fuera un señor (y no una serie), sería Jorge Iván a punto de estallar. Tal vez por eso se rodea de gente tan maja. Y tan querida. Por eso Cristina. Por eso Diego. Por eso Ian y por eso tantas personas con nombre cercano o impronunciable que no dudan en arroparles.

Sé que llego tarde. Mi texto es un artículo de rebajas. Pero qué vamos a hacerle. A mí me han faltado también ojos, y orejas, y bocas. Habría matado por sufrir una bicefalia durante esos días, convertirme en un monstruo de dos o, incluso, de tres cabezas, y asimilar todo aquello que, como a Yohana, se me quedaba fuera.

Y ya acabo. Lo hago a costa de sacrificar la mayoría. Aunque me resisto a olvidar el día del diluvio, que fue el de las tres bodas. El de seis locos que decidieron casarse el último día de apoteosis “celsiusiana” y que fueron a parar al mismo hotel mientras afuera jarreaba. Qué sencillos y qué incautos. Qué inocentes. Qué ignorantes. No sabían que la auténtica boda, la gitana, se celebraba en esos momentos bajo la lluvia. No sabían que en Avilés llevaba tres días celebrándose.


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2 comentarios en “Las bodas de los gitanos (o Celsius 232)

  1. Roberto Prieto Diez dijo:

    Otro año perfecto de Celsius. Vivo en Avilés, a escasos 3 minutos del epicentro mágico donde os juntaís tantos autores, y que nos ofreceís tanto y tan intenso en tan poco tiempo. Y puedo afirmar que este año ha superado al anterior, que a su vez ya había superado al inaugural. Buena señal el ir siempre a más y nunca a menos. Ya comienzo a contar los días que faltan para ver que sorpresas nos tienen preparadas el año que viene. Y espero que vuelvas, claro. El resto de mis libros de Alfred y Agatha esperan su dedicatoria. Un abrazo enorme y un millón de gracias por los tres días de boda gitana.

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